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Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873)

Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), escritora nacida en Cuba y que vivió en España desde los 22 años, considerada como una de las voces más auténticas del romanticismo hispano.
Nacida en Cuba en 1824, vivió la mayor parte de su vida en España, donde murió en 1873. Por eso es conceptuada hoy como una gloria tanto de la literatura americana como de la peninsular. Gran poeta, dramaturga y novelista, cultivadora extraordinaria del género epistolar, su obra no fue reconocida en toda la dimensión de su mérito por mucho tiempo. No hay que ir muy lejos para buscar la causa: en 1853, cuando se propuso su ingreso en la Real Academia de la Lengua, fue vetada porque en los estatutos de esta
venerable institución se prohibía la admisión de mujeres. Uno de los pocos contemporáneos en proclamar su grandeza fue el ilustre don Juan Valera al afirmar que no sólo ostentaba ella la primacía “sobre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira castellana”, sino que su nombre podría colocarse junto a las grandes poetisas de la antigüedad clásica y el Renacimiento. Contemporáneamente, se le tiene por los eminentes críticos Emiliano Díaz-Echarri y José María Roca Franquesa como “la más grande escritora de nuestra lengua desde el Siglo de Oro”. Y por el reputado ensayista José Antonio Portuondo como “la más grande de los escritores de su tiempo”.
Este crítico cubano la ubica así a la cabeza de todos los literatos de su época, hombres o mujeres.
Su producción literaria se distingue por su poderoso impulso emocional, su vigoroso individualismo romántico y su alta calidad estética. Y, además, en lo político-social, por su definida orientación liberal, progresista y
humanitaria. La Avellaneda siempre simpatizó con los mejores intereses de su isla nativa, siempre condenó las execrables instituciones que la aherrojaban, principalmente la esclavitud. Su novela “Sab” (publicada en
1841), pertenece a la pujante corriente de la literatura abolicionista cubana del siglo XIX. Su descripción, en esta obra, de la curel explotación a que eran sometidos los esclavos enlos ingenios azucareros de su país, constituye una de las protestas antiesclavistas más poderosas de su época. Con su encendida retórica romántica, protesta: “Ah!, sí, es cruel espectáculo la vista de la humanidad degradada, de hombres convertidos en brutos, que llevan en su frente la marca de la esclavitud y en su alma la desesperación
del infierno”. Por algo la circulación de ese libro fue prohibida en Cuba por el gobierno colonial.
El abolicionismo de “Sab” es consecuencia inevitable de la postura igualitarista de su autora. Es una faceta de un sistema ideológico más amplio que abraza, entre otros elementos, la defensa de todas las minorías o
grupos humanos oprimidos, incluyendo al indio y a la mujer. En “Sab” encontramos las raíces del posterior “siboneyismo” que floreció en la literatura cubana en la segunda mitad del siglo XIX. Y también encontramos en esta novela las primeras expresiones del feminismo literario cubano (y probablemente hispanoamericano). Respirando seguramente por la herida, la joven rebelde escribe: “Oh, las mujeres! Pobres y ciegas víctimas!
Como los esclavos, ellas arrastran pacientemente su cadera y bajan la cabeza bajo el yugo de las leyes humanas. Sin otra guía que su corazón ignorante y crédulo, eligen un dueño para toda la vida. El esclavo, al menos, puede cambiar de amo, puede esperar que juntando oro, comprará algún día su libertad, pero la mujer, cuando levanta sus manos enflaquecidas y su frentre ultrajada para pedir libertad, oye el monstruo de voz sepulcral que le grita: ‘En la tumba'”.
La voz de esta escritora excepcional del siglo pasado sigue clamando desde su tumba por los derechos de todos los seres todavía oprimidos en el siglo presente y en el milenio que se acaba.
Su vida fue un cúmulo de desgracias comparables a las de sus personajes. La muerte de su padre y un casamiento apresurado de su madre la hicieron salir de Cuba hacia Europa, donde entró en contacto con la literatura romántica del momento, Victor Hugo, Chateaubriand y lord Byron. La muerte de sus dos maridos y el abandono de su amante cuando ella se encontraba embarazada de una niña que nació muerta inclinaron su temperamento depresivo y apasionado hacia el espiritismo y periodos de retiro religioso, aunque siempre contó con el apoyo de escritores como José Zorrilla, Fernán Caballero, José de Espronceda, o Alberto Lista; sin embargo, su espíritu independiente y sus escándalos amorosos también le valieron las críticas de personajes como Marcelino Menéndez Pelayo, que impidió que entrara en la Real Academia Española.
Escribió poesía, novela y teatro y destacó en los tres géneros, al incorporar a las letras españolas el ambiente caribeño, sentido en Europa como exótico, en un tono melancólico y nostálgico. Son ejemplo de ello sus novelas Guatimozín, último emperador de México (1846) o El cacique de Turmequé (1860). Su compromiso social se hace patente en Sab, la primera novela antiesclavista de las letras españolas.
Su poesía se centra en el tema del amor desdichado y pesimista como puede verse en algunos de sus sonetos más conocidos: A partir, A él, A la poesía, publicados antes de 1841 y recogidos en un libro de poemas en 1851.
En el teatro, intentó fundir la tragedia clásica con el drama romántico pero sin caer en los excesos de éste, como en los dramas operísticos Saúl (1849) o Baltasar (1858), considerada la mejor de sus obras por el retrato psicológico de sus personajes.
Gertrudis Gómez de Avellaneda, a pesar de haber sido una autora muy valorada en su época, pasó después por un periodo de olvido pero la crítica actual la considera una precursora del feminismo moderno tanto por su actitud vital como por la fuerza que imprime a sus personajes femeninos literarios.

 

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