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Ana Díaz


“Ana Díaz aparece en el cuadro de Moreno Carbonero cubierta la cabeza con una toca azul, ataviada de pechera blanca con un crucifijo y de pardo sayal”.

Hija de una aborigen y de un gallego en Asunción del Paraguay, integró la expedición de Garay que refundó la Ciudad en 1580.

Dicen que tenía ojos verdes como los de su papá gallego. Pero que su larga y lacia cabellera negra, la piel cobriza y una blanca dentadura eran una buena herencia de su mamá, una nativa de la zona. Por eso, su estampa de hermosa mujer criolla era conocida en Asunción (actual capital del Paraguay), la ciudad en la que había nacido. Claro que su belleza no fue la única virtud de Ana Díaz, que de ella se trata. Además, tuvo algo que la hizo destacarse en la historia, aunque para muchos sea totalmente desconocida: en el año de 1580 fue la única mujer que integró la expedición de Juan de Garay y participó en los duros tiempos de la segunda fundación de la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre.

Su padre se llamaba Mateo Díaz y fue uno de los españoles que había llegado a estas tierras con la expedición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el adelantado español que en 1541 halló y describió a sus contemporáneos europeos las cataratas del Iguazú (agua grande, en guaraní). En algunas historias figura que la madre de Ana se llamaba Savé, una mujer de la tribu de los payaguáes (rivales de los guaraníes) que había sido tomada como cautiva por otro expedicionario y que, en Asunción, la puso como premio de un juego de dados que ganó Mateo Díaz. Lo cierto es que, después de un par de años en los que había parido a su hija, la nativa se fue con un hombre de su raza tras un ataque de los payaguáes a aquella ciudad. Unos años más tarde su padre murió. Entonces, la joven quedó a cargo de un tutor quien luego traspasó los bienes de Ana a un tal Rafael Forel, su primera pareja, luego fallecido en un combate. Más tarde, se juntó con Pedro Isbrán, otro hombre de Asunción, y también quedó viuda. Afirman que antes tuvieron una hija llamada Felipa.

Por entonces, Ana no sólo hablaba en castellano. También conocía el gallego y el guaraní. Y cuando Juan de Garay convocó para su aventura de ir a fundar una ciudad-puerto junto al Río de la Plata, ella pugnó por ser de la partida ante el mismo Caraí-guazú (señor grande, en guaraní), como ella llamaba al conquistador. Garay había dicho que en la primera etapa no habría mujeres en su expedición. “No quiero arriesgarlas inútilmente y tendrán que esperar”, había dicho.

Pero ella tanto insistió con su vocación de ser fundadora de la nueva ciudad, que integró aquella delegación de 54 “nacidos en tierra” (como se conocía entonces a los americanos) y diez españoles. Todos vendrían “a su costo y riesgo”. Zarparon en marzo de 1580 en la carabela San Cristóbal de la Buenaventura y en varios bergantines y embarcaciones menores. Un mes antes, por tierra, había salido otro grupo con un arreo de ganado vacuno y caballos.

La fundación se concretó el 11 de junio de 1580 y Garay (tenía poco más de 50 años) eligió el nombre de Santísima Trinidad porque la expedición había llegado a esta zona en mayo, en el día de la celebración de esa importante fecha religiosa. Después de instalarse y realizar la ceremonia formal refrendada por Pedro de Xérez, el escribano del grupo, se asignaron las parcelas para aquellos fundadores. Para Ana Díaz fue el solar 87. Era un cuarto de manzana algo alejado de lo que es la actual Plaza de Mayo, centro de aquella ciudad. El terreno, cuentan, estaba en lo que hoy es la esquina Sudoeste del cruce de la avenida Corrientes y la elegante calle Florida. Allí, en la actualidad, hay un local de comidas rápidas. Y en una de sus paredes, sobre Corrientes, dos placas de bronce recuerdan a Ana Díaz, quien también instaló una pulpería. Un tiempo después, la mujer se casó con el mestizo Juan Martín, quien tenía el terreno vecino. Fue la primera pareja formada y establecida en Buenos Aires.

La presencia de aquella mujer pionera en los comienzos de la Ciudad, quedó documentada en la obra Fundación de Buenos Aires, que realizó el artista malagueño José Moreno Carbonero (1860-1942). Ese cuadro, regalo del rey Alfonso XIII para el primer centenario de la Revolución de Mayo, tiene dos versiones. La primera se hizo de prisa para 1910. Pero en 1923 el gran cuadro fue llevado a España y repintado, con modificaciones, por el mismo artista. Esta segunda versión es, históricamente, mucho más precisa que la primera. Y allí, junto al rollo de la Justicia y a unos metros de Garay, aparece la figura de Ana Díaz con un tocado azul cubriendo su cabeza, una pechera blanca y sosteniendo un pequeño crucifijo en sus manos.

El valor de Ana Díaz de llegar hasta estas tierras, en tiempos en los que había que hacer un duro trabajo por sobrevivir, quedó en el recuerdo. Su condición de mujer también la convierte en una figura para destacar. Claro que después no sería la única. Muchas mujeres colaboraron para que esta tierra fuera lo que hoy es. Un ejemplo de eso puede darlo la trayectoria de Mariquita Sánchez. En la calle Florida 271, a dos cuadras del solar que ocupó Ana, estaba la casa de Mariquita. Y allí se cantó por primera vez el Himno Nacional. Pero esa es otra historia.

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