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Bárbara Jacobs

Bárbara Jacobs (19 de octubre de 1947 en Ciudad de México, México) es una escritora, poetisa, ensayista y traductora mexicana.

Nació en la Ciudad de México en 1947, en el seno de una familia de inmigrantes libaneses. Es licenciada en psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México. A partir de 1970 publicó cuentos y ensayos en revistas y suplementos literarios. Fue esposa del escritor Augusto Monterroso fallecido en 2003.

Entre sus cuentos se publicó: Doce cuentos en contra (1982) y Antología del cuento triste con Augusto Monterroso (1992). Cuenta también con ensayos: Escrito en el tiempo (1985) y Juego limpio (1997), que incluye también apostillas. Entre sus novelas destaca Las hojas muertas (1987) que ganó el Premio Xavier Villaurrutia1 y ha sido traducida al inglés, al italiano y al portugués; asimismo fue seleccionada para el Correo del libro mexicano de la Secretaría de Educación Pública, en edición de treinta mil ejemplares fuera de comercio, destinada a bibliotecas de las secundarias públicas del país.

Algunos de sus obras se han publicado en antologías colectivas en castellano, inglés, francés, italiano y alemán. Sus libros se han publicado en México, Estados Unidos de América, España, Portugal, Argentina e Italia.

Obras
Otras novelas publicadas son: Las hojas muertas (1987), Las siete fugas de Saab, alias “el Rizos” (1992), Vida con mi amigo (1994), Juego limpio (1997), Adiós humanidad (2000), Carol dice y otros textos (2000), Escrito en el tiempo (1985), Juego limpio (1999), Florencia y Ruiseñor (2006), Vidas en vilo (2007), Nin reír (2009), Lunas (2010).

Entrevista.
La escritora vuelve con ‘La dueña del hotel Poe’, obra experimental sobre la construcción de una novela, poblada de trasuntos de la propia autora

 

Bárbara Jacobs está sentada en una esquina de su inacabable biblioteca, junto a una ventana. Afuera, el cielo se ha oscurecido y amenaza con tormenta. La escritora viste de negro. Nada riguroso, sólo ropa cómoda y ligera que contrasta con la blancura de su rostro. Se la ve relajada, contenta, con el optimismo de quien ha llevado la piedra a la cima de la montaña. No es para menos. En La dueña del hotel Poe (Ediciones Era, en México, y Navona, en España), la autora mexicana ha escrito un libro que se escribe a sí mismo. Un laberinto de habitaciones que se abren a otras habitaciones hasta llegar justo ahí donde, ahora mismo, junto a la ventana, está sentada Bárbara Jacobs a la espera de la primera pregunta.PREGUNTA. ¿Quién ha escrito La dueña del hotel Poe?

RESPUESTA. Como hay varios estilos se puede decir que hay varios yoes. Pero al final soy sólo yo.

P. ¿Y quién es ese yo?

R. En el libro hay una novela dentro de la novela. Esa autora no sé de dónde me salió, porque es rarísima. Y la otra, la mujer capaz de llevar un hotel tampoco soy yo. Pero lo que hace me satisface. Soy una persona con muchos problemas con la gente, tengo dificultad para socializar. Me encantaría ser una mujer con capacidad para acoger huéspedes, dirigirlos y hasta celebrar una fiesta, pero no soy así.

P. Todo se bifurca, ¿no?

R. Sale así. En el libro cuento que un día vi una fotografía de mí y me pregunté: “¿Quién es?”. Es otra. Es yo, pero es otra.

P. O sea, en el libro hay muchas Bárbaras Jacobs.

R. Sí.

P. Pero ninguna es la última. Es derridiano

R. No la hay. Pero las que hay cumplieron con varios sueños míos. Entre ellos, el de atender a muchos amigos con los que me siento en deuda porque no supe estar a la altura. Por eso se me crea un personaje que satisface mi frustración.

P. Su obra causa perplejidad. Por ejemplo, el punto final del libro lo pone un personaje que se queja de ser el personaje que es. Responde a la dueña del hotel, pero también a la autora.

R. Ese personaje es el único inventado. Todos los demás son reales. Algunos con su nombre. Pero él, Bridge, es imaginario.

P. ¿Y por eso se rebela?

R. Incluso a mí se me rebeló.

P. Si fuera una lectora de su libro, ¿qué pensaría?

R. Me despertaría mucha curiosidad. Uno de los libros que más me zarandearon de joven fue Tristram Shandy, una obra del siglo XVIII de Laurence Sterne. Es un texto que alberga tanta locura que te tiene inquieto, te preguntas cómo ha podido hacerlo. Pero hay ejemplos más cercanos muy atractivos, como Rayuela, de Julio Cortázar. Un juego literario de principio a fin. Te atrae y confunde.

P. ¿Puede resumir su libro?

R. Es la construcción de una novela, más que una novela. Es la construcción de una mujer que finalmente se me escapó. Pero eso no se lo digas a nadie.

P. ¿Cuánto tardó en escribirla?

R. Seis o siete años.

P. ¿Fue doloroso?

R. Fue muy tardado.

P. ¿Cómo supo que había terminado?

R. En general, dejas de oír voces.

P. ¿Se muere?

R. No, más bien el cuerpo avisa. Te das cuenta de que ya, de que ahí queda. Es intuitivo.

P. ¿Por qué un libro experimental?

R. Los libros lineales ya se escribieron todos y los hay insuperables, de todos los estilos, épocas e idiomas.

P. ¿Por qué escribe? ¿Por qué dedica siete años a una obra experimental?

R. Es mi mejor manera de estar en el mundo. Casi nunca hablo por teléfono y si me das a elegir entre escribirte una carta o tomar un café, escojo lo primero. Ya de niña sentía una profunda necesidad de comunicación verdadera. Empecé escribiendo mi diario. No sabía ni lo que era. Estaba internada en un convento de Montreal. Tenía sólo 12 años. Ahora voy por 68 y sigo. En un mueble enorme, bajo llave, están todos mis diarios.

P. ¿Quiere que se publiquen?

R. Esa es una pregunta sin respuesta. He jugado a las dos cosas. Si escribes un diario, es porque quieres que alguien lo lea, pero muchas veces me digo, no quiero que nadie lea esto. Muchos escritores quemaron su obra.
Al terminar la entrevista, las palabras de la autora se entremezclan con el rumor de la tormenta. Amable, la viuda de Augusto Monterroso y actual compañera del pintor y escultor Vicente Rojo acompaña al periodista hasta la puerta e insiste en darle un paraguas, largo y azul, para que no se moje al subir al taxi. Ya una vez en el coche, los cristales se empañan y el agua inmensa que cae sobre la Ciudad de México borra los perfiles de la calle, de los árboles y de la propia casa de Bárbara Jacobs.

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