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Chía Patiño


Chía Patiño

Chía Patiño imprime su fascinación por la música y las artes escénicas en la dirección del Teatro Nacional Sucre en Quito.

La música rondaba por su casa. Sus tíos y su hermana Verónica tomaban la guitarra para cantar en peñas familiares. A los 5 años ya pedía clases de piano y lo tocaba por un regalo de su abuela. Cuando escuchó Quincho Barrilete, canción ganadora en el Festival OTI de 1977, pensó: “Yo puedo escribir una canción para el OTI”. Ese era un pensamiento compositor, dice Lucía Chía Patiño, directora ejecutiva de la Fundación Teatro Sucre, al recordar sus inicios en la música.

Era asidua de ir a este Teatro, sin imaginar siquiera que algún día lo dirigiría. Iba a luneta porque su presupuesto no alcanzaba para más. No importaba porque desde allí apreciaba lo que marcaría su compromiso con la música: el concierto de la Orquesta Sinfónica Juvenil de Venezuela interpretando La consagración de la primavera, y la obertura de Guillermo Tell.

Eran unos cien chicos de 13 o 14 años haciendo lo que ella quería ser: la mejor compositora y pianista. Esa fue la meta que se trazó cuando ganó la beca de Ciudades Hermanas y se fue a Estados Unidos a estudiar composición y música en la Universidad de Louisville.

Durante sus estudios hubo compositores que marcaron su carrera, como (Béla) Bartók, Toru Takemitsu, no solo por su música, sino por su filosofía. Corigliano, compositor tonal que busca texturas; Mario Lavista, compositor mexicano, que fue su profesor, también la marcó mucho, al igual que Bach, de la escuela clásica.

Uno de sus profesores la invitó para que fuera a la U. de Indiana, donde continuó su maestría y doctorado. La composición la llevó a la dirección escénica al crear la ópera de su autoría Dreamwalker. El argumento, tomado del cuento Ojos de perro azul, de Gabriel García Márquez, conmovió al público y a la crítica estadounidense.

La composición requiere mayor disciplina, “es como el Aleph, flota, tú diseñas cuánto tiempo, en donde están las tensiones, en una pintura tú alcanzas a verla, pero en la composición transcurre en el tiempo. Lograr mantener el interés en el tiempo y orquestar de tal manera que las cosas no se confundan, crear colores, texturas, creas con algo que no existe”. La composición te enseña a percibir cosas en su aspecto global, lo más difícil es entender el tiempo.

Hacer y probar es el reto. “Llegar con algo en el cerebro y escuchar si los músicos tocan como te imaginaste o no. Y si no suena como corriges los balances, ese es un proceso muy mágico. A mí en una pieza me encantaba soltarla, que la gente la interpretara”.

Hay piezas que pueden tardar un mes o años en desarrollarse antes de que el público las escuche”. Para componer necesitas estar solo, porque estás sin piel, no aguanto a nadie cerca, es algo personal”, dice al contar su forma de trabajo.

Pero en esa creación de la arquitectura de sonidos “debes ser honesto para poder decir algo, creo que tienes que tener una percepción grande del mundo, sea una ambientación de la soledad, sobre la crisis latinoamericana, sobre la violencia. Hay piezas en las que quedas mal. Yo tengo una pieza que creé cuando rompí con un novio, si hay algo que sale y se transforma en música. En mi caso es duro, huyo de eso porque eso lastima mucho, pero a la vez es purificador porque en lugar de dejarlo dentro lo sacas. Alguien me dijo que hago terapia cuando compongo”.

Ese compromiso y su pasión por la composición la llevaron a trabajar cerca de nueve años como free lance en los mejores teatros de Estados Unidos, donde aprendió su manejo como el Kennedy Center, en el que estuvo tres años, Metropolitan de Nueva York, Chicago Lyric, Boston, Santa Fe, Philadelphia, Michigan. Allí tuvo contactos con profesionales y muchos artistas de la
talla de Plácido Domingo.

Esta experiencia acumulada en más de 20 años que vivió en Estados Unidos fue lo que hizo que el alcalde de Quito, Augusto Barrera, la convocara para dirigir la Fundación.

“A veces la ignorancia es buena, nunca caí en cuenta lo grande que era la Fundación. La gente cree que solo es el Teatro Sucre, pero no es cierto, son casi 300 personas, 7 elencos artísticos, la banda, Orquesta de Instrumentos Andinos. Y los teatros Variedades, el Teatro México, miniauditorio del Centro Cultural Mama Cuchara, el Café del Teatro, la Casa de la Fundación y el pequeño museo, además de la coordinación del uso de la Plaza del Teatro. Yo misma me desayuné las personas que eran. Al ser músico trato de que la Fundación sea lo menos burócrata posible, porque la burocracia no es para los artistas”.

Ese plus de contactos le ha permitido traer a compositores, artistas, músicos y montar obras con amplia aceptación entre el público capitalino. West Side Story, Sweeney Todd y recientemente la ópera Fausto, que tuvo un lleno total durante los días de puesta en escena, son algunos de los montajes “made in Ecuador” que se han realizado. También posibilitó la llegada del pianista Philip Glass.

Al principio, “los artistas venían acá con mucho susto porque somos el tercer mundo, piensan que va a estar todo desorganizado, que no va a haber las cosas, pero el Teatro tiene un gran equipo y con el apoyo del Municipio técnicamente están bien. La experiencia para los artistas es fabulosa y se quedan enamorados de Quito, y eso se riega entre los artistas. Y aparte, es una gran audiencia, una gran ciudad, es una ciudad gentil”.

Chía Patiño busca que Quito se adueñe de su Teatro. “El Teatro vive porque la ciudad lo quiere”, dice tajante, pero siente que debe “competir” con los conciertos gratuitos que han causado mucho daño porque la gente dice: ¿Para qué voy a pagar si después me voy gratis a Rubén Blades, Julieta Venegas, Calle 13?

A pesar de esta competencia desigual, cree que los quiteños van respondiendo a sus propuestas y ya se dan una vuelta por el Teatro para disfrutar de la buena música, teatro, danza y ópera.

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