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Mónica Navarro

Mujer de mar: “Desde chiquita sueño con los barcos”

Mónica Navarro (35) es piloto de ultramar. Heredó la vocación de su padre. Tras mucho navegar, volvió a tierra. Hoy, capitanea una flota desde de un escritorio.

A veces me vengo a trabajar en lancha. Vivo en Tigre, en un barrio náutico y llego por el río hasta Puerto Madero”, dice sonriendo. Amarra, se pone los tacos y camina hasta la oficina: desde su despacho se ve la Fragata Sarmiento. Mónica Navarro (35) es una de las 19 pilotos de ultramar que hay en la Argentina; en otras palabras, es capitán de barco, de ésos -o ésas- que surcan los mares, enfrentan tempestades y manejan una tripulación. Su padre hizo el servicio militar en la Marina, se enamoró del agua, se casó con una salteña y tuvieron 6 hijas. El varoncito en quien podría proyectar su entusiasmo nunca llegó, pero convenció a su hermano para que fuese marino mercante. “Y así mi tío ingresó a la Escuela Nacional de Náutica Manuel Belgrano, la que fundó el mismísimo General Manuel Belgrano, la primera que se creó con ciencias náuticas, matemáticas y geografía. Belgrano decía que sin estas ciencias no íbamos a llegar a ningún lado. Por eso me sorprende que se hable tan poco de la Escuela que cumplió 200 años en 1999”. En su escritorio de CEO de Servicios Marítimos del Grupo Vessel S.A., Mónica se ceba un mate y recibe a Mujer. Contará su historia con pasión: “Con esto del ir y venir de mi tío a bordo, empecé a soñar de chiquita con los barcos, hasta que en el secundario me dieron un manual de carreras y ¡zas! ahí estaba en un recuadrito la Escuela de Náutica, y se aclaraba: mujeres no”.

Sin embargo, el destino estaba escrito y su suerte echada al mar. Su tío le avisó que el ingreso femenino se había aprobado justo cuando Mónica terminaba quinto año. “¡No lo podía creer! -grita emocionada-. Averigüé que tenía que rendir un ingreso exigente, con exámenes eliminatorios. Estaba preocupada porque la escuela secundaria no me había dado buena formación. Entonces me preparé con un profesor particular, durante un año, que mis padres pagaron con sacrificio. Era terrible: trabajaba en un negocio de ropa que tenía mamá en un shopping en Moreno, donde vivíamos, y tomaba el tren Sarmiento y un colectivo para venir a Capital a prepararme; por suerte la escuela puso curso de ingreso y también me anoté. Hacía Moreno-Retiro -donde está la escuela- con mi ropita impecable, porque había que estar perfecta, ya que si bien es de la Marina Mercante, tiene disciplina militar. Nos presentamos 400 y entramos 40. Sólo el 30% podían ser mujeres. Tenía 18 años y me sentía feliz”.

Pasión por navegar

La carrera es de cuatro años, pero suele hacerse en seis porque es compleja. “Hacíamos prácticas de tiro, materias de supervivencia, simulaciones, resistencia, salvataje y rescate, natación, navegación a vela. De siete de la mañana a seis de la tarde, todos los días. Y estudiábamos hasta la madrugada. La práctica del arte marinero empezaba en primer año arriba de un velero; recién en segundo te embarcabas dos meses y sentías la adrenalina. Yo vivía en la escuela porque en ese momento tenía internado. El embarque era en un buque mercante (la escuela hacía convenios, no tenía barco propio). El nuestro fue un curso de 22 y 5 éramos mujeres. Nos recibimos todas. Una, Laura Scyzoryk es práctico del Río de la Plata y trabaja con nosotros. Otra, Natalia Prosdocimi, no navegó mucho aunque tenía todas las condiciones. Está en Shell con un cargo muy alto”.

No parece fácil para una mujer hacer una carrera pensada para hombres. Tiene que postergar su vida privada, atrasar embarazos y, sobre todo, hacerse respetar. Mónica comenta que tuvo que pelearla. Viéndola y escuchándola, se la percibe segura y con carácter. Egresó como piloto de ultramar y continuó hasta llegar a capitán, cumpliendo con las singladuras: cada singladura es un día navegado, como las horas de vuelo de los pilotos de avión.

“Cada tantas singladuras te presentás a la escuela y rendís el examen. Vas ascendiendo si vas aprobando; mi cargo es por haber rendido la patente de primer oficial y con ese título tenés el de capitán de ultramar hasta 1.700 toneladas de registro bruto, de cualquier buque mercante hasta ese tonelaje -unos 100 metros de eslora-. Los buques hoy tienen mayores tonelajes; para tripularlos tenés que tener 300 singladuras y rendir la patente de capitán de tonelaje irrestricto. Yo no pude porque ya estaba en esta empresa”.

Accidente con suerte

¿Cómo es que se bajó del barco? “Fue a raíz de un accidente a bordo. Era oficial de un buque que trasportaba petróleo crudo a Talcahuano, Chile, y hubo una tormenta muy grande en el Pacífico. El temporal era tan fuerte que nos tiraba el buque cargado hasta el 98% hacia el continente. Como el barco navega 24 horas, cumplimos turnos de 8 horas y justo yo estaba a cargo. El práctico chileno que nos guiaba no sabía dónde nos había metido, terminamos sobre unas piedras que rompieron el casco y se derramó petróleo. Hubo contaminación, fue complicado. Pude demostrar ante la justicia chilena que fue responsabilidad del práctico y defender mi licencia. Llevaba dos años navegando, pero esa vez tuve que aplicar todo lo aprendido. Me encontré declarando en mi propia defensa porque ahí cada uno se salva el propio pellejo”.

Mónica regresó a Buenos Aires con la idea de ir a navegar uno de los cruceros de Disney en USA. “Mi marido tenía el contacto porque él también navega; es práctico del río Paraná. Nos conocimos en primer año de la Escuela Náutica y tenemos dos hijos, Pablo (4) y Lautaro (2). Mientras lo pensaba, ocurrió el atentado a las Torres Gemelas y obviamente no fui. Me quedé en casa estudiando inglés y me llamaron de esta empresa: ¡Buscaban capitán de río y yo soy de mar! Navegué el Atlántico, el mar de Brasil, de Africa, Costa de Marfil, el mar chileno y obviamente el argentino. Tengo anécdotas increíbles, ¡como la vez que acompañé a algunos compañeros a conocer prostíbulos en Brasil! Bueno, al final hice la entrevista y fue peor: ¡No era para navegar sino para estar en la oficina! Pero me insistieron y acá estoy desde hace 12 años. Después me enteré que mi recomendación vino a través de una persona que supo de mi declaración en Chile, gracias a la cual se ahorró mucho dinero -un embargo de 5 millones de dólares-. Y entré a Vessel que en ese momento era de transporte de contenedores, dueña de tres embarcaciones, pero solo navegaba una. Estaba todo muy desordenado y como no sabía muy bien qué tenía que hacer, me dejé llevar. Una chica me hacía sacar fotocopias de documentos hasta que empecé a leerlos y me di cuenta que hablaban de comercio marítimo. Encontraba defectos y proponía soluciones. Claro, yo sabía lo que pasaba del otro lado del escritorio… Y comencé a cargar los tres buques -que ya navegaban-; me peleaba con los capitanes porque yo realmente conocía el tema”.

Familia marinera

A ellos, marinos profesionales, les costaba creer que una piba les diera órdenes con el aval de la compañía. Después seguí peleando con las terminales marítimas, me subía a los barquitos para ver cómo los trataban. Tenía diferencias, aunque de a poco me fui ganando la confianza”. Mónica era capitán en tierra firme aunque despuntaba el vicio embarcándose en los buques de la empresa que iban por el río.

Pero, ¿la casa, la familia? “Se complica. Yo tuve la suerte de enamorarme de un par, casarme y comprender lo que son las salidas de navegación, las ausencias… Él también sabe lo que es trabajar en una naviera como ésta. Las cosas ocurren en cualquier momento porque los barquitos están navegando las 24 horas. Con mis hijos me organizo.

A la mañana los llevo al jardín, vuelven a casa y está la niñera. Desde la tarde estoy con ellos y el fin de semana lo compartimos más. Con la familia nos reu-nimos domingo por medio. Gracias a Dios, tanto mi marido como yo nos va bien y no hay problemas de dinero. Estas vacaciones estuvimos en Aruba donde pude practicar kite-surf, un deporte que hago desde hace cuatro años y me conecta con el mar”.

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